Un día me fui a la punta del Obelisco. Ahí donde todos alguna vez mandamos a otra persona para no putearla, o el lugar que elegimos para hacer una promesa que jamás vamos a cumplir. Sí, a la punta del Obelisco. Ahí subí. Él siempre está como testigo de las cosas que pasan en el centro más neurálgico de la Ciudad de Buenos Aires. ¿Cómo se ve todo desde esas ventanitas? ¿Cómo es por dentro? ¿Quién me mandó?        Por Dana Cartannilica (Wip Fotografía)

Cuando vi que el Gobierno de la Ciudad lanzaba la convocatoria para subir, no dudé. Se dio en el marco del 81° cumpleaños del Obelisco y la misma cantidad de vecinos, junto con un puñado de periodistas, fuimos seleccionados para tal proeza.

Varias horas después de haber llegado a ese punto tan transitado, me llamaron y empezaron los preparativos. “Leé esto y firmá” apuntaló el escribano público. Firmé un papel, en el que se autorizaba a utilizar mi imagen como difusión del evento y, aparte, aseguraba que no iba demandarlos por cualquier eventualidad. En ese punto empecé a sentirme mal.

“Ponete el casco y andá con los chicos de Defensa Civil que te van a preparar”, me dijo alguien. Allí fui. Ellos me pusieron un arnés, cambiaron mi casco, me dieron guantes y me explicaron que la soga debía estar siempre tirante, entre mis brazos, que debía hacer fuerza con mis pies y no con los brazos, que sostenga las cámaras de costado para no golpearlas. “Ok, entendido”.

Fui a la esquina en donde está la escalera recta, 206 escalones y 67,5 metros de altura me esperaban. Apenas puse las manos en los barrotes, mi boca se inundó de gusto a hierro, óxido y humedad. No fue un buen presagio para mí. “Empezá cuando quieras”. Esa frase me sacó de mi malestar y no dudé, empecé a escalar. 67,5 metros divididos en ocho tramos. Al primero ya me faltaba el aire.

Un “¿estás bien? ¿Necesitas descansar?” me devolvió a la realidad y seguí. Sólo pensaba en el agua que no tenía. La escalera da al hueco del Obelisco, la espalda de quien sube queda contra las paredes. En los descansos hay que pasar por un lugar aún más estrecho, tanto que a algunas mochilas se les complicaba pasar y mi lente se golpeaba de vez en cuando. “Bajá por la izquierda” es la primera orden que escuchás en cada tramo. Son los chicos de Defensa Civil que te ayudan a pisar suelo y cambian la soga para seguir. Cometí el error de mirar para arriba y me dió la sensación que no se iba a terminar más. A mitad de camino empecé a aflojarme y me di cuenta de que las paredes internas estaban escritas con nombres y fechas. “¿Cómo llegaron acá?”, pensé. Luego me enteraría que recién en 1987 se puso la reja a su alrededor para evitar las pintadas pero en el ´98, Greenpeace logró ingresar sin permiso para colgar una bandera que decía “salven el clima”. Quizás es más fácil ingresar de lo que tenía pensado.

Entre la lectura de las pintadas y sacar alguna foto, mi garganta me suplicaba agua, el dolor se hacía cada vez más fuerte. No daba más, pero cuando menos lo esperaba había llegado al último descanso. El próximo tramo sería del doble y luego me esperaba la cima. Ahí me crucé con los que descendían. Palabras de aliento y chistes florecieron. “¿No van a darse por vencidos ahora, no? ¡Ya llegan!” dijo Rubén, un hombre de 40 y tantos, excedido de peso, con una rodilla “mala” y con vértigo. “Yo no miro para abajo por las dudas”, agregó.

Seguimos. Me aventuré al próximo y más largo ascenso. Ya sentía mis brazos pesados y, de repente, una mano bajó para ayudarme a pisar a tierra firme. Los dos chicos de Defensa Civil estaban callados, pendientes de las sogas. “No caminen por el medio”, y así quedaba un pasillo de dos pies de ancho para moverse, había que calcular cada movimiento.

Al acercarme por la ventanilla respire hondo, como si estuviera en el medio del campo. Es que, a esa altura, corre un vientito hermoso. La 9 de Julio vista desde arriba es una locura, dan ganas de agarrar los autos con la mano; la gente se convierte en sombras en movimiento.

Y allí estaba Evita, mirándonos desde el ex edificio de Obras Públicas como única testigo real de nuestra llegada a la cima. Me sorprendió la ropa colgada en las terrazas de edificios en donde creía que solo había oficinas. Me hipnoticé con las escaleras que se cruzan en construcciones  y que rompen con la delicadeza de los edificios que caen en las diagonales… ¡que perfectas diagonales!

Un vecino sacó su camiseta de Vélez por la ventana, mientras a mi no me daban los ojos para observar todo. Al horizonte se ve el Río de la Plata y una variedad de colores que van desde el celeste puro del cielo hasta el marrón, consecuencia de la polución. Terrazas, edificios, ventanales, el tránsito de aquí para allá. Diez minutos después, llegaría el descenso.

Se me hizo difícil coordinar la bajada. Un pie, otro pie, un brazo, otro pie, los guantes que se movían y ya empezaba a sentir las marcas que me dejarían en las palmas de las manos. Un dolor estomacal se apoderó de mí, era mezcla de hambre con esfuerzo y miedo.

Al final… coordiné. En el descenso, el clima está más distendido y Defensa Civil se presta para contestar preguntas. En cada descanso hay roldanas para las sogas que te van cambiando, dependiendo si vas para arriba o abajo y ahí Sergio me mostró que están atadas de tal forma que al primer tirón (por si te caes) la soga se frena. Todo está calculado. Me sorprende un hombre subiendo sin arnés, “nosotros estamos acostumbrados”, me dijo. Se venía el cambio de guardia. Se escuchó un “chau Cabezón, ¡buena guardia!”. Empecé a ser consciente de la coordinación entre estos personajes con buzo amarillo: “¡Nacho! Bajan. Ahí te mando uno”. “¡Fer! ¿Cuántos tenés ahí vos?”. “Ahí sube uno” y así.

Y así fui bajando, pensando en no errar al escalón, agarrándome fuerte.

Por fin mi pie izquierdo tocó tierra firme. Por fin me acercaron agua. Por fin lo había logrado. Una vez en la vida… subí al Obelisco, pero ahora sólo pienso en lo bello que sería subir de noche.

¡No! Sólo una vez en la vida, no más.

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