árbol aplastando un auto

Por María Victoria Bona, licenciada en Ciencias Ambientales (UBA).

¿Qué imagen se nos viene a la cabeza cuando pensamos en un árbol? ¿Tiene esta forma alguna explicación evolutiva? ¿Qué pasa cuando su estructura es intervenida recurrentemente con fines estéticos o para hacerlo compatible con inmuebles e infraestructura urbana?

El pasado 17 de diciembre numerosas localidades del área metropolitana sufrieron, en mayor o menor medida, las consecuencias arrasadoras de un fenómeno climático que en algunos casos llegó a perfilarse como tornado. Los vientos que se observaron fueron extraordinarios, y junto con las precipitaciones, provocaron muertos, heridos y pérdidas materiales.

Lamentablemente, este tipo de fenómenos se presentará cada vez con más frecuencia como consecuencia del llamado “cambio climático” -ya innegable dada la cantidad de evidencia científica que lo corrobora-, que son las alteraciones producidas en la atmósfera a causa de las actividades antrópicas (aquellas donde el ser humano interviene haciendo modificaciones a la naturaleza).

Los árboles no siempre mueren de pie 

Las escenas que dejó el temporal en la Ciudad de Buenos Aires y el reporte de los propios vecinos afectados dieron cuenta de daños materiales en viviendas y vehículos tras la caída de ramas y árboles enteros. Entre la angustia y el enojo, los porteños comenzaron a cuestionarse sobre el mantenimiento del arbolado público. ¿No sería mejor realizar podas más frecuentes, dejar ejemplares más pequeños o incluso removerlos?

Por otro lado, a veces se los percibe como “interferencias” que impiden el adecuado desarrollo de negocios inmobiliarios, obstaculizan la luz del alumbrado urbano o producen residuos cuando sus hojas caen en otoño, entre otras cuestiones. Al ser considerados estorbos se los reduce o remueve por completo a fin de “resolver el asunto”.

Sin embargo, estas ideas no sólo no constituyen medidas de prevención o soluciones, sino que por el contrario, reducen la oferta de beneficios que percibimos de este componente de nuestro hábitat urbano, también conocidos como “servicios ecosistémicos”. 

El arbolado urbano cumple un rol clave en la mitigación del cambio climático y de las causas del fenómeno de la isla de calor, a través de la captación de CO2, la oxigenación del aire, la producción de sombra, la disminución de la sensación térmica, la captación de agua de lluvia y el reparo frente a las corrientes de aire, entre otros. 

Como el árbol es un ser vivo sufre toda intervención excesiva que se haga sobre su organismo. Las podas, en ocasiones mutilaciones importantes, le significan un altísimo costo de energía.

Los árboles crecen adoptando la forma que les permite adecuarse mejor al entorno que los rodea, lo cual incluye la aerodinamia. Cuando se los poda reiteradamente, éstos no llegan a alcanzar formas adecuadas para soportar orgánicamente los vientos. En condiciones óptimas, el viento debería ingresar por la copa y llegar al tronco con una fuerza menor gracias a la disipación de energía que se produce en hojas y ramas más pequeñas, distribuidas en forma equilibrada. Pero por la inadecuada frecuencia de intervención, en la mayoría de los casos la praxis se realiza de forma incorrecta, dejando a los árboles más expuestos a enfermedades que debilitan su estructura. 

Al mismo tiempo, las modificaciones hechas en las veredas restringen el espacio por el que pueden crecer las raíces, degradando así su base de sostén. Por todo ello, los árboles de nuestras calles se presentan vulnerables ante eventos extremos como los del pasado fin de semana. 

En este contexto, es preciso cuestionar cada vez que se pueda las prácticas de manejo que ejecutan las autoridades de la Ciudad sobre componentes tan vitales de nuestro entorno, cuya mera existencia es esencial para garantizar la calidad de vida de las personas que vivimos en las urbes.  

Para ayudar a comprender más y mejor la situación, la organización Basta de mutilar, que difunde información sobre estas temáticas en sus redes, ha elaborado un instructivo que invita a los vecinos a involucrarse cuando les toque ser testigos de la intervención sobre un ejemplar. Para empezar, la cuadrilla que se presente a trabajar deberá contar con la orden de un profesional y un diagnóstico por el cual se realizan las prácticas observadas. 

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