Marta Almirón presentía que algo no estaba bien. Era tan fuerte la sensación que podía percibir cómo la guiaba hasta Carlitos, su hijo. Cuando llamaron para avisarle que había caído herido en manos de la represión, entendió todo. Era diciembre de 2001.

“Petete” Almirón, como lo conocían, militaba en el Movimiento 29 de mayo. La única persona de su familia que lo sabía era su mamá, Marta, que ahora le cuenta a AVISPADOS de su orgullo por la tarea que él hacía en las calles.

“Antes me avergonzaba un poco. Bah, no, pero como son partidos de izquierda, siempre salen perdiendo, porque son los piqueteros, los que van a romper todo”, explica. Salir perdiendo, para Carlos, fue encontrarse frente a frente con una bala de escopeta policial que le llenó el pecho de esquirlas.

Estaba en Plaza de Mayo, como tantos manifestantes en aquel 20 de diciembre de 2001. Desde el día anterior, cuando comenzó la revuelta en las calles de todo el país para exigirle al Gobierno de Fernando de la Rúa que se fuera y que se llevara a todos, “Petete” era parte del clamor popular.

“El último día que lo vi fue el 19 de diciembre. Estuvimos en Lanús, él vivía con mi abuela, yo vivo en Lomas de Zamora. Vinieron dos compañeros más. Lo saludé y vine para mi casa. Él salió, y a las 19.30 o 20 llamó para avisar que esa noche no volvía”, recuerda Marta casi 15 años después.

Ella sabe que el 20 se encontraron todos los compañeros en Constitución. Sin banderas, con el plan de defender una causa que consideraban justa. Regía el estado de sitio, declarado por un debilísimo presidente que abordaría un helicóptero varias horas después.

La Policía -desplegada en todas sus presentaciones (montada, de a pie, tras los escudos de la Infantería)- reprimía a los manifestantes de clases sociales diversas. Balas de goma, de plomo, gases lacrimógenos, golpes, arrastres… violencia repartida sin asco, sin culpa.

Herido de muerte por aquel escopetazo, Carlos fue operado. Cuando uno de sus  compañeros llamó para avisar lo que había pasado, Marta entendió su presentimiento. “Lo que he vivido en esos momentos como madre, la angustia que tenía, la preocupación mía era mi hijo, yo tenía miedo por él”, recuerda.

Pero no pudo viajar para estar a su lado porque todo era un caos. “No podíamos salir de acá, nadie nos quería llevar porque estaban prendiendo fuego todas las esquinas, se decía que venían de otros lados saqueando y rompiendo las casas”, cuenta Marta. Y enumera: corridas, tiros, desesperación.

Lejos de ella, su hijo tuvo que ser operado por segunda vez porque el sangrado provocado por la bala policial no se detenía. Y no resistió. Tenía 23 años.

“Cuando me enteré lo que pasó con mi hijo es como que algo de adentro se me salió, quedé como tonta, sin lágrimas, sin ganas de hablar, de reírme, de nada”, dice. Sintió cómo su cuerpo se vaciaba.

Entonces comenzó la espera por ver a los responsables pagar sus culpas. Supo que no era la única que había perdido a su familia en la represión y recibió asesoramiento jurídico del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) y la Coordinadora contra la represión policial e institucional (Correpi).

En febrero de 2014 comenzó el juicio para determinar quiénes eran los responsables a instancias del Tribunal Oral en lo Criminal Federal N° 6 de la Ciudad. Marta declaró en abril de ese año.

“Fue un momento muy duro para mí, porque era la primera vez que me pasaba estar ahí sentada frente a tantas personas importantes. Pero me sentía más importante, porque a mí me mataron a mi hijo. A parte, ellos son personas como nosotros”, resalta.

El juicio contra el ex secretario de Seguridad Enrique Mathov y ex uniformados duró poco más de dos años. En el medio, el juez Claudio Bonadio exculpó a De la Rúa por lo ocurrido, decisión que fue avalada por la Corte Suprema en mayo de 2015. Ganaba terreno la versión de que todo había sido más bien un desborde policial no comandado por ningún integrante del Poder Ejecutivo.

Cuando el lunes último se leyó la sentencia, Marta Almirón empezó a sentirse mal, le subió la presión. Es que los magistrados José Valentín Martínez Sobrino, Rodrigo Giménez Uriburu y Adrián Martín resolvieron penas de 4 años y 9 meses de prisión para Mathov y de 4 años para el ex jefe de la Policía Federal Rubén Santos.

Aunque 7 integrantes de esa fuerza también fueron condenados con penas débiles de no más de 3 años y medio, otros 7 policías fueron absueltos. Los familiares de los muertos y los heridos no pudieron contenerse y comenzaron a gritar, a llorar, a insultar.

“Esperaba un poco más”, reconoce Marta con dolor. “Por la espera que nos hicieron a nosotros”, argumenta. Para ella, están aguardando que los acusados sean más viejos y les toque el beneficio de la prisión domiciliaria

“Yo sigo el tratamiento psicológico. A mí el psiquiatra me prohibió que fuera a estas cosas, pero no puedo dejar de estar porque era mi hijo. Uno sale mal, no está acostumbrado a tantas injusticias. Que ellos son los pobrecitos y nosotros las porquerías”, se lamenta sinceramente.

La mamá de Carlos querría poder elegir, pero se tiene que conformar con el recuerdo de Carlos. “Mi hijo era tan lindo, de alma, de corazón, con los hermanos, conmigo, que se extraña. A veces digo ‘voy a tratar de no tenerlo tan presente’, porque también quiero que descanse en paz. Pero con lo del lunes… fue un desastre, nosotros sentimos como una burla”, señala.

Ahora empieza una etapa nueva. La del veremos. Porque Marta sabe que los condenados apelarán y que la Justicia pondrá todos sus mecanismos a su servicio.

Sin embargo hay dos cosas que no dejará de repetir. La primera: que en diciembre de 2001 se salió a luchar por todos y que el lunes no sintió la devolución del pueblo a esa entrega. “Éramos dos gatos locos”.

La segunda: “Nunca me terminaron de dejar ser madre, porque me cortaron antes como le cortaron la vida a él. Me duele”.

 

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