El 30 de enero desde las 12 se realizó una emotiva jornada en conmemoración de los 7 años de desaparición de Luciano Arruga. Crónica de una jornada especial en la que no faltaron las promesas de continuar luchando.

Por Gisela Criscuoli

La cita era a las 12 en “la plaza”. Ese espacio que solía contener a Luciano y sus amigos hoy es símbolo de la lucha de su familia. Cada año se reúnen, se abrazan, se contienen, se expresan y se esfuerzan por demostrar a quienes todavía tienen los ojos tapados que existen pibes desaparecidos en democracia.

La plaza ubicada en la intersección de Perú y Necochea, partido de Lomas del Mirador, provincia de Buenos Aires, lleva el nombre de Luciano Arruga. Enfrente se encuentra el barrio 12 de Octubre en donde vivía Luciano y en donde fue visto por última vez.

Pasado el mediodía, la gente comenzó a llegar. En el aire flotaban la emoción y la indignación. Eran muchos los carteles que intentaban denunciar lo que cada año las familias exponen: “desaparecido en democracia”. La palabra JUSTICIA se disparaba desde cada pancarta de forma intimidante. Se hacía inevitable no sentirse parte de la misma lucha, no sentirse parte del entorno de cada uno de esos pibes.

Los familiares y amigos de Luciano Arruga impulsaron la convocatoria desde las redes sociales y acudieron desde distintas provincias familiares de otros chicos víctimas de desaparición forzada o gatillo fácil. Se los ve abrazarse y eso despierta una sensación de incertidumbre. Es que ellos cada año se acompañan, comparte sus causas, se solidarizan entre ellos. Ya son parte de la misma familia. No es la lucha de uno sino la de todos. “No es sólo Luciano, son todos”, repetía Mónica, su mamá, micrófono en mano.

Se hace inevitable caminar en círculo, detenerse en cada foto y en cada descripción de casos. La murga hace ruido de fondo. El humo de los choripanes se funde con el aire. Se oyen los diálogos de una obra de teatro alternativo: “Pienso en la paradoja del torpe asesino que por el afán de que seas uno sólo, te multiplicó por miles”. Y es así. Una víctima implica miles de luchadores. Un asesinato convoca cientos de vecinos.

Botellas de cervezas, cigarrillos, termos con agua caliente, mates, cochecitos de bebé, mamaderas, micrófonos, parlantes, cámaras, anotadores. Cada uno que llegaba estaba allí por un motivo particular. Sorprendía ver muchas familias autoconvocadas con bebés y chicos pequeños, grupos de jóvenes con remeras pidiendo justicia, gente anotando cada detalle, personas intentando captar con la cámara cada momento, representantes de diferentes agrupaciones políticas de izquierda diciendo presente.

Con una sala de conferencias improvisada al aire libre, varios familiares tomaron el micrófono para contar su caso, exponer sus necesidades y plantear cómo seguirá la lucha de cara a este año nuevo.

 

Desaparecidos en democracia

“No hay cuerpo, no hay delito”. Como si poco fuese el dolor que tienen que atravesar estas familias, algunos han comentado que desde la Fuerza Policial, en la mayoría de los casos culpables de los crímenes, han recibido respuestas indignantes. Al parecer si no hay un cuerpo muerto que evidencie el asesinato, tal crimen no ha sido cometido.

El primer panel de reflexión estuvo a cargo de familiares de víctimas de desaparición forzada. Quién estuvo a la cabeza de la exposición fue Mónica Alegre, la madre de Luciano, quien denunció que su hijo “fue desaparecido por la Policía cuando fue invitado a robar y se negó”. Por el caso hay un detenido lo cual ella destacó como “una pequeña victoria”.

La charla estuvo secundada por Viviana Alegre (mamá de Facundo Rivera Alegre), Mercedes Ávalos (hermana de Sergio Ávalos), Claudia Painevil (hermana de Carlos Painevil), Marcela (vecina y amiga de Daniel Solano), Mirta Ponce (mamá de Alejandro Ponce), Luciana Escobar (hermana de Gerardo Escobar), y Ramón Casco (papá de Franco Casco).

Los casos parecen repetirse pero cada historia tiene algo de particular y algo por lo cual recordarla. La mayoría de los familiares que estuvieron presentes hicieron su mayor esfuerzo para venir desde Córdoba, Río Negro y Rosario. También había casos de La Boca, Mataderos y Lomas del Mirador.

Todos coinciden en denunciar la culpabilidad policial, la complicidad del poder judicial y la soledad en la que los dejan esperando por justicia. “Hace tres meses que a mi hijo lo ahogaron como a un perro”, denunció Mirta y contó que sus tres hijos estaban pescando cuando aparecieron tres policías y empezaron a golpearlos. Momentos después el cuerpo de Alejandro apareció flotando en el río Paraná. “No voy a parar hasta que se haga justicia por mi hermano”, sostuvo Melina Escobar. Su hermano Gerardo salió a tomar algo a un bar y no volvió. Una semana después, se encontró su cuerpo en el Río Paraná.

Cuerpos flotando en el río, desapariciones forzadas, gatillo fácil, represión. Son palabras que suenan afines a gobiernos represivos y de facto. Sin embargo son pronunciadas hoy con tanta fuerza en el marco de gobiernos democráticos.

 

Gatillo fácil: el represivo accionar policial

Luego de media hora de descanso, se abrió el segundo panel de debate. En esta oportunidad, la mesa estaba colmada de familiares de víctimas de gatillo fácil. Se dice así cuando el accionar policial es injustificado y excesivo, cuando reprimen y matan sin ningún motivo. Eso fue lo que vinieron a contar la mamá de Atahualpa Martínez, una amiga de Franco Zárate, el hermano de Matías Bernhardt, la mamá de Jonathan Herrera, el papá de Matías Casas y familiares de Ismael Sosa.

“Soy la sombra de lo que fui hace 7 años”, afirmó Julieta, la madre de Atahualpa, quien en 2008 fue a comer con un amigo y cuando él se fue al baño, Atahualpa desapareció. Su cuerpo fue encontrado al día siguiente en un descampado a 5 kilómetros de allí. Por el crimen están sospechados los patovicas del lugar. Visiblemente emocionada, Julieta gritó a los presentes el nombre de su hijo. Le respondieron fuerte la palabra “presente” coronándola con un “ahora y siempre”.

“La Policía una vez me dijo `¿A este negrito quién lo va a buscar?`”, denunció crudamente Angélica Urquiza, la mamá de “Kiki” Lezcano. Su testimonio fue el más impactante. Involucró a la Policía y dejó expuestos a miembros del Poder Judicial. “Yo voy a ser la voz de mi hijo”, sostuvo emocionada y aseguró que continuará con la búsqueda de Justicia. Ante el silencio de sus interlocutores, Angélica tuvo palabras crueles para describir su situación ya que confesó que, en la Villa 20 de Lugano, su hijo era un “cabecita negra más”. Jonathan tenía 17 años y fue asesinado en 2009 por un policía que afirmó que el chico junto con otro quisieron robarle. Sus cuerpos fueron arrojados a una fosa común y registrados como NN. Desde hacía dos años, la Policía hostigaba y perseguía al “Kiki”, que se recuperaba de su adicción al paco, para que robara para ellos

“Se creen que por ser bolivianos pueden hacer con nosotros lo que quieran”, denunció una amiga de Franco Zárate que se hizo presente para contar el caso. El joven oriundo de Bolivia fue asesinado por un quiosquero en la intersección de las calles Basualdo y Tapalqué en Mataderos. Una noche de verano de 2015, Franco fue con su primo y su papá a comprar una Coca. El precio de la misma disparó una discusión que provocó que el quiosquero saliera con un arma y arremetiera contra los tres hombres hiriendo de muerte a Franco. El hombre realizó en la Comisaría 42 la acusación por robo y cuando la familia de Franco fue a denunciar el homicidio, el chico ya tenía antecedentes por el “delito”.

La palabra Justicia es tan nombrada y repetida que muchas veces se vuelve trillada. En casos como los que se expusieron el sábado resulta tan necesaria pero no llega nunca.

 

Luciano, un estandarte para la protesta

Luciano Nahuel Arruga fue visto por última vez el 31 de Diciembre de 2009. Su cuerpo fue hallado el 17 de octubre de 2014 enterrado como NN en el cementerio de Chacarita.

El chico tenía 16 años y a su edad ya conocía el hostigamiento policial. Querían convencerlo de que robara para ellos y, como se negó, de un día para otro, desapareció. Su familia comenzó una búsqueda intensiva, encabezada por Vanesa Orieta, su hermana. Si bien la policía bonaerense nunca se hizo cargo de las acusaciones, un peritaje con perros arrojó que Luciano estuvo detenido en la comisaría 8va de Lomas del Mirador y que había sido llevado en uno de sus patrulleros.

Por su desaparición, se abrió una causa judicial contra ocho policías bonaerenses, acusados de “desaparición forzada de persona”, quienes fueron pasados a disponibilidad de sus cargos por el ahora ex ministro de Justicia y Seguridad, Ricardo Casal. Los subtenientes Daniel Vázquez y Oscar Fecter de Lomas de Zamora, los subcomisarios Néstor Díaz de Esteban Echeverría y Ariel Herrera de Morón, los oficiales Martín Monte de Pompeya y Damián Sotelo, José Márquez y Hernán Zeliz de Morón fueron acusados por la desaparición de Luciano. El fiscal Carlos Stornelli los pasó a disponibilidad en abril de 2010, sin embargo en julio de ese año los oficiales fueron reincorporados en otras jurisdicciones.

Fuentes judiciales determinaron que Arruga habría muerto atropellado por un vehículo el mismo día de su desaparición en Mosconi y General Paz, a quince cuadras de la casa de la familia Arruga. El joven habría intentado cruzar la General Paz a pie, por motivos que aún se desconocen, y fue embestido. El conductor que lo atropelló fue sobreseído. La identificación del cuerpo de Arruga se llevó a cabo cotejando las huellas dactilares del expediente con las de los NN sepultados en los últimos cinco años en la Chacarita.

Está tardando en llegar, pero se espera que finalmente Luciano obtenga la justicia que se merece.

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