El espacio verde cumple 104 años y lo festejamos analizando uno de los mitos que lo rodean: ¿hubo vías subterráneas que unían la Casona con los alrededores para proteger a sus propietarios?
A principios de la década del 2000, integrantes de la autoconvocada Mesa de Trabajo y Consenso (por entonces no habían sancionado la ley) escuchaban cada vez con más frecuencia a vecinos que contaban que de niños habían jugado bajo el nivel de la tierra en el Parque Avellaneda.
Al principio sus hectáreas habían pertenecido a la Hermandad de la Santa Caridad, luego a don Domingo Olivera y por último a la Municipalidad de Buenos Aires que la transformó en una plaza para todos y la inauguró el 28 de marzo de 1914.
En el espacio verde más grande de la Comuna 9 funcionó en la década del 20 la primera colonia de vacaciones de la ciudad “para niños débiles” quienes, una vez adultos, contaron que jugaban en los túneles.
Llegamos al principio. Casi 20 años atrás, la Ciudad decidió investigar y para ello envió al equipo interdisciplinario que formaba parte del programa “Historia bajo las baldosas”.
“Buscamos los planos, se hicieron diferentes estudios con respecto a la historia de la Chacra de los Olivera. No fue un proyecto de investigación básico sino que se trató de una dedicación completa”, recuerda hoy Marcelo Weissel, el arqueólogo que coordinó el trabajo.
Además de los vecinos mayores que tenían anécdotas bajo tierra, el grupo también usó como punto de partida las reformas que se le habían hecho a la Casona durante la intendencia de Fernando De la Rúa.
“Juntando distintas fuentes fuimos avanzando en el conocimiento”, le explica Weissel a AVISPADOS. A los relevamientos geofísicos se les sumaron seguimiento de excavaciones con equipamiento adecuado para una tarea como aquella.
Se supo que los subsuelos del Antiguo Natatorio y de la Casona revestían especial importancia para el patrimonio histórico. De hecho, el primero inspiró la publicación “Baños de memoria” y la segunda abrió sus entrañas y dejó escapar algunos ladrillos del siglo XVIII.
-¿Y los túneles?, se impacienta esta cronista.
-Había tres ramales en hipótesis: hacia el sur, hacia el norte y hacia el este, responde el arqueólogo.
-¿Pudieron encontrarlos? ¿Los recorrieron?, insiste la periodista.
El ahora investigador del Museo Histórico de la Ciudad de Buenos Aires “Cornelio Saavedra” titubea. Parece que se viene la decepción.
Se revela una verdad
Los especialistas suponían que los túneles, de haber existido, habrían sido construidos con motivos de defensa.
“La costumbre de las estancias en la región pampeana era hacerles ventanas chicas para que, en caso de ataque, no pudieran entrar con caballos, o tener túneles a los cuatro vientos para huir sin ser descubiertos. Si bien hay mucho estudio de la arquitectura de las estancias no pasa lo mismo con los sistemas de defensa”, indica Weissel.
Partiendo de esta base, “Historia bajo las baldosas” supuso que los caminos subterráneos comunicarían, por ejemplo, la Casona con Villa Amato (hoy escuela Paula Albarracín de Sarmiento en Pío Collivadino 445).
“Nos remitimos a la Manzana de las Luces como sistema defensivo de la Ciudad, ya que era una red de túneles que trataba de conectar la llanura con miradores altos como las torres de las iglesias”, rememora el arqueólogo.
Una vez más, la pregunta de AVISPADOS que quiere acorralar al especialista.
-Volviendo al Parque Avellaneda, ¿hay o no túneles?
-Los indicios están, pero no los encontramos.
¿Cae el telón?
A pesar de la indeseada revelación, Weissel tiene más datos para aportar.
De las tres hipótesis, sucedió que el supuesto ramal hacia el sur no pudo ser comprobado, el que habría ido hacia el norte “fue difícil” y corrió la misma suerte. El que se habría dirigido hacia el este coincide con el sentido de infraestructura cloacal.
“Usaron la misma excavación que era descripta en palabras como un túnel de minería con refuerzos de madera. No lo pudimos excavar para corroborar si quedaba un indicio”, parece lamentarse el arqueólogo.
La lógica condujo a los especialistas hacia la boca de ingreso a aquellos caminos que se les escapaban del conocimiento. Sin embargo, dentro de la Casona no pudieron hallar la puerta de entrada porque se había reformado el sector para la colocación del ascensor.
Antes de dar por cerrado el trabajo, el equipo editó “un par de publicaciones muy interesantes” (según el propio Weissel).
“Serán necesarias algunas excavaciones arqueológicas y el empleo de otra técnica conocida con el nombre de GPR o georadar para confirmar la hipótesis”, se lee en “Rieles de Patrimonio” (2009).
-¿Te gustaría volver a intentar encontrar los túneles?
-En algún momento se podría seguir investigando: hay que diseñar un buen plan y conseguir la financiación. Hemos hecho muchísimas cosas con voluntarismo. Lo importante en todo esto es comprometer a las instituciones para que haya recursos serios y planificar las acciones. Sin eso, no podés planificar los resultados.
Más allá del mito que atrae curiosos, Weissel se despide con una frase interesante: “Aportamos todo lo que podíamos en función de una hipótesis más grande: el manejo del parque y conocer sus recursos culturales e historia como un gran insumo de la Ciudad y los vecinos”.
En tiempos de centralización y desprecio por la autonomía del Parque Avellaneda, sus palabras quedarán resonando.