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A 13 años de Cromañón: "Quiero que la gente vea en mí a mi hijo"
Sábado, 30 de Diciembre de 2017 11:32

1523Cada vez que Pablo Fucci ponía la llave en la cerradura de su casa en Mataderos fuera la hora que fuese su mamá Delia abría los ojos e inmediatamente salía a saludarlo. Charlaban, a veces en la cocina, a veces en el living, se contaban sus cosas. Pero la noche del 30 de diciembre de 2004, Delia Fucci supo que su hijo Pablo de 24 años no iba a volver nunca más. El incendio en Cromañón, durante el recital de Callejeros, lo había alcanzado.

 

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Faltan horas para que se cumpla un nuevo aniversario de la tragedia que dejó 194 personas muertas y más de 1400 heridas, la mayoría jóvenes. Delia recibe a AVISPADOS en su casa, en la misma mesa donde descansan las guirnaldas con cientos de zapatillas que estuvo preparando para decorar el acto en Plaza de Mayo.

 

-¿Te hace mal volver a hablar del tema?

 

-No, porque yo quiero contarle a todo el mundo lo que era mi hijo. Quiero que la gente vea en mí a Pablo.

 

***

Delia Fucci nació en Bajo Flores. Recién cuando tuvo sus dos hijos, Julia y Pablo, la familia se mudó a Mataderos. Los chicos fueron al colegio San Pío X, que como quedaba tan cerca de su casa, los amigos aprovechaban para hacer allí la tarea y jugar, bajo la mirada atenta de la mamá de “Foli”, como le decían a Pablo.

 

Delia era un ama de casa, su esposo tenía un trabajo que le permitía a ella quedarse con los chicos. Muchos años después de Cromañón, se dio cuenta de las veces que había visto en la tele la angustia de algunas mamás que perdían a sus hijos y, aunque a ella la conmovían, su emoción no pasaba de ahí.  

 

“Lloraba como madre, pero no me movilicé jamás. Porque lo que veía por la tele era lo que te muestran hoy en día: la corrida, la piedra, la vidiriera rota, en lugar de la marcha tranquila”, reconoce. Se señala y sigue: “Entonces el que es Doña Rosa y tiene dos chicos no se va a meter ahí. Hasta lo que pasó, no hice más que cuidar a mis hijos. Yo era muy feliz en mi casa, armábamos la pileta, la disfrutábamos”.

 

“Después fui a ciertas reuniones y lugares, escuchás a la gente de Madres, los ex detenidos desaparecidos, H.I.J.O.S… y con todo eso uno –si tiene intenciones- crece, madura, comprende por qué (el represor Miguel) Etchecolatz tiene que estar pudriéndose en una cárcel común. Y yo antes no lo sabía”, asume Delia que ahora sí lo sabe.

 

La manera de honrar a Pablo llegó hasta su puerta en febrero de 2005. Estaba en la cama, sumida en la tristeza de la pérdida, cuando escuchó el sonido de tambores y platillos provenientes de la calle. Comenzaba el carnaval.

 

“La murga siempre se hizo donde la avenida Alberdi es ancha, pero en febrero de 2005 la corrieron y arrancó de la puerta de mi casa hasta Escalada. Me fui como una loca a la calle. Ahora lo hago, pero en ese momento no me puse a bailar, aunque se me iban las piernas”, recuerda Delia.

 

Pablo no era murguero, pero le encantaba la murga. Impulsada por Luciana, que había sido la novia de su hijo desde la primaria y había logrado salir del incendio, Delia se unió a “Los que nunca callarán”, comparsa formada por sobrevivientes de Cromañón.

 

“El primer día que nos juntamos para ver qué hacíamos Pappo (que dejó por 2 años la murga “Pasión Quemera” y nos acompañó a nosotros), nos dijo que de tarea teníamos que traer una estrofa para después juntarlas y hacer una canción. Salgo de ahí, me tomo el 63 y voy anotando. Voy al domingo siguiente y le digo ‘a mí me salió esto’. ‘Ni una palabra más ni una menos’, dijo. Y esa fue la primera canción de la murga: la hice yo en el colectivo, en el 63, de Chacarita a mi casa”, cuenta Delia.

 

1526“Los que nunca callarán” la convirtió en bailarina y compositora. Durante muchos años participaron del carnaval porteño, yendo de barrio en barrio, de corso en corso. Se movían en micros con sus trajes brillantes de lentejuelas.

 

“Cuando cantaba la canción de mi hijo, me presentaban como la mamá de Pablo. Extendíamos en el piso una bandera que tenía todas las caritas de los chicos de Cromañón. Todos los murgueros se ponían en cuclillas y cuando terminaba empezábamos a tirar papel picado… como si los chicos estuvieran haciendo ‘la matanza’ (uno de los números de las comparsas)”, dice Delia, y parece volver a ver los colores de las noches de carnaval.

 

Pero “Los que nunca callarán” se fue disolviendo, algunas chicas habían pedido dejar de hacer lo de la bandera porque las afectaba muchísimo. “La murga fue muy buena para nosotros, nos hizo desgarrar hasta tocar el peor de los fondos y de ahí, florecer. Sacamos todo con esas patadas: las broncas, el dolor... Ahora, ya no existe más. Y agrego ‘por suerte’ porque los chicos no se quedaron en ese pozo, los chicos volvieron a estudiar, rehicieron su vida, formaron pareja, son papás. Eso es lo que hizo la murga con nosotros”, dice orgullosa.

 

-¿Y vos?

 

Me di cuenta de que no había que luchar solamente por Cromañón. Que había que luchar por la Tragedia de Once, por Luciano Arruga, por las víctimas del gatillo fácil… Por todo. Y es lo que estoy haciendo. No se puede estar en todos lados, pero mientras pueda, estoy. Donde el Estado es responsable, estoy.

 

 

***

De la tristeza a la murga y de ahí a hacerle frente a la vida. “En mi trabajo me dicen ‘vos sos barrabrava’. Cuando tengo que ir a hablar con alguien voy pacífica, pero metiendo el dedo bien donde hay que meterlo. ¿Y de dónde me salió todo eso? Si yo lo único que hacía era limpiar, tener mi casa arreglada, cuidar a mis hijos…”, se pregunta Delia. Tiene una sospecha.

 

“En 2004 mi papá tenía 94 años. Cuando le dijeron que había fallecido Pablo quiso venir a hablarme. No me olvido jamás: entró por esa puerta. Luciana y yo estábamos abrazadas. Le dijo a ella que de Pablito jamás se iba a olvidar pero que tenía que rehacer su vida. Y que yo tenía una hija y un marido para seguir adelante. Así era mi viejo. Y estoy segura que tengo sus genes, su fuerza, su parada ante la vida”, se emociona.

 

La joven formó una nueva pareja y tuvo una nena. “Mi media nietita”, la llama ella. “Luciana era lo que más quería mi hijo y ella sabía lo que mi hijo me quería a mí. Después de verme hacer ciertas locuras, me dice ‘ahora entiendo porque te quería tanto Pablo’”.

 

Entre sus locuras, Delia se animó a plantarse delante de cualquier político y hablarle de igual a igual. Aunque no baja los brazos, sabe que sus peleas son contra los gigantes de acero.

 

“Las cosas son muy difíciles, no voy a ver el cambio de todo esto. A veces la gente te dice ‘bueno, ya pasaron 13 años’… pero si todos pensamos eso nos vamos a quedar ahí y no vamos a poder hacer nada.

 

Las cosas cada vez se están complicando más, y más nos tenemos que unir. Me encantaría poder instalar una marcha todos sentados en el piso, ahí sí que no te podrían reprimir. Todos juntos: ‘Queremos la Justicia, pero la reclamamos en paz’. No sé si se va a lograr en algún momento”.

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-En el caso de Cromañón, ¿hubo Justicia para vos?

 

-Hemos logrado muchísimo. A veces no nos damos cuenta. Conseguimos meter presos a funcionarios por primera vez. Con la Constitución hemos destituido al ex jefe de Gobierno Aníbal Ibarra, el primer responsable político de la masacre. Le agarraron la mano en ese momento, no se la soltaron. Y la jueza ni siquiera lo llamó a indagatoria para preguntarle qué pasó. Fue cubierto por un poder político, en ese momento era el kirchnerismo, pero podría haber sido cualquier otro.

 

Por otro lado, (el dueño del local Omar) Chabán siempre decía que él les había dado la oportunidad a todas las bandas del under, pero creo que se las dio porque a él le convenía. Los arriaba como ganado a los pibes, facturaba con ellos.

 

Si el lugar hubiera estado en condiciones no pasaba nada.

 

-¿Y con respecto a los chicos de Callejeros?

 

Cuando hablo de esto tengo la imagen de una pirámide dada vuelta. Queda el cuadrado grande arriba y de ahí para abajo. Arriba está el Estado y funcionarios. Y la puntita de abajo… le doy una culpa a Callejeros.

 

No son responsables de todo, pero no eran chicos que no sabían donde se metían. Habían tocado en Excursionistas para 15 mil personas, un grupo que entra en un estadio así ya no puede tocar más en un lugar cerrado, sabés que va a venir un montón de gente.

 

Creo que a ellos el poder político los captó como para que esto no destape más cosas de lo que era la noche, la transa, la coima, los boliches.

 

Cuando empezó el juicio por la Tragedia de Once estuve ahí. Y el secretario empezó la lectura diciendo, palabras más palabras menos, que era otro Cromañón. Ya quedó instalado. Estuve con Beara, con el gimnasio de Villa Urquiza… Cada vez son más los lugares.

1527Imágenes del documental "La lluvia es también no verte" de Mayra Bottero. La fotografía es de Fernando Lorenzale.

 

-Como si Cromañón no hubiera servido.

 

Es como si no hubiera sido suficiente. No se puede creer. Siempre digo que la cosa viene de arriba para abajo. Es un sistema que se preparó para hacer desaparecer a la gente humilde. Borrarlos del mapa.

 

Y en el caso nuestro fue con los jóvenes. Una de las frases que tenemos es que los jóvenes no son un peligro, están en peligro.

 

-¿Se sintieron usados por los políticos?

 

Siempre hay alguno. (El ahora presidente Mauricio) Macri fue el que salió a decirle a Ibarra que había que indemnizar a la gente, a las familias. Quiso quedar como el bueno.

 

1524

-¿Vos cómo estás?

 

-Estoy. A veces no puedo entender cómo estoy. Sé por qué estoy: tengo una hija.

 

-¿Te enojaste con la situación que te tocó vivir?

 

-Con Pablo teníamos una relación impresionante. Era mi hijo, mi amigo, mi confidente. Él salía, me daba un beso. Entraba, me daba un beso. El trabajaba en el Easy de Parque Brown y por ahí después salía con los chicos. Donde iba me llamaba por teléfono. Después que pasó todo, los compañeros me decían que era el único que llegaba al lugar y decía “voy a llamar a mi vieja”.

 

Él era de Racing, íbamos a la cancha juntos con sus amigos, comíamos el chorizo a la pomarola en el pasaje Corbatta. La sensación que tengo es que no me quedó nada pendiente.

 

En noviembre de 2004 Luciana y Pablo habían decidido que comenzarían una convivencia. Como mi marido había perdido el trabajo, él aportaba a la casa y estaba con el peso de que no se quería ir, para no dejarnos sin eso. Tuve hasta la suerte de decirle: “Mirá hijo, si vos tenés que hacer tu vida, por mamá y papá no te detengas. Nosotros nos vamos a arreglar”. Me dijo “Gracias, mamá”. Qué más querés. No tengo palabras de reproche. Fue una relación muy buena.

 

 

***

 

Resulta obvio por qué el incendio del 30 de diciembre de 2004 marcó un antes y un después en la vida de Delia. Y para ella esa bisagra también la define su evolución personal.

 

“Lo que a mí me pasó es que no me quedé en Cromañón, gracias a Dios. Crecí mucho. El cuerpo está envejeciendo pero el espíritu es otro”, afirma. Hace pocos años aprendió a tocar la armónica para volver a darle vida al instrumento que su hijo llevaba siempre en el bolsillo.

 

Es, como ellos mismos le dicen, la mamá de todos los sobrevivientes.

 

-Cuando me di cuenta que Pablo no volvía, me puse en la piel de los que habían podido salir y pensé “estos chicos vivieron un infierno”.

 

Siempre les digo: estoy con ustedes en el corazón, cuando estén en un lugar sepan que estoy ahí.

 

-Qué necesario ese acompañamiento, esas palabras…

 

-Es que en cada uno de ellos yo veo una parte de mi hijo. 

 
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