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Flor Goldstein: ese verdor en una esquina
Domingo, 11 de Diciembre de 2016 11:43

1121Flor Goldstein podría ser presentada de muchas maneras: escritora, ilustradora o saxofonista. Es argentina, vive en España y, en su paso por Buenos Aires, dejó sus reflexiones sobre qué significa hacer música en la calle, transformarse en ese traguito de agua refrescante para la gente que circula por Aranjuez. Esta es Flor Goldstein a través del lente de Dana Cartannilica de Wip Fotografía.

 

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“Trato de estar todo el tiempo muy conectada con lo que estoy tocando y de sentir que estoy cantando las melodías que toco, aunque es muy difícil porque en la calle hay mucha distracción, trato de centrarme mucho en eso y no en pensar si me dejaron o no monedas. La cosa funciona cuando yo estoy haciendo música con la misma seriedad y concentración cuando estoy en un concierto o sola en mi casa. Pienso en mi, en mi saxo como eso: el que pasó por ahí alguito le quedó, alguito le despertó y se va con eso.”

 

Por Dana Cartannilica - Wip Fotografía

 

 FICHA TÉCNICA

 

-¿Cómo empezaste?

 

Me fui a vivir a Europa hace casi diez años, estuve en Italia y hace ocho que vivo en España, siempre tocando con mi grupo de tango y con otros proyectos musicales pero hace dos años y medio que a raíz de una situación muy complicada mía a nivel personal, me encontré con que no tenía nada. Fue una situación muy límite y me pareció que lo único que tenía para ofrecer al mundo era mi música, mi instrumento, mis melodías y así salí a la calle.

 

Me llevó unos días desde que lo decidí hasta que lo llevé a la práctica porque de pronto salía y no me animaba, buscaba lugares, trataba de hacerme la idea, dónde, cómo, qué tocar. Hasta que decidí un lugarcito y al día siguiente empecé. Esto fue en Aranjuez que es donde yo vivo y donde me acababa de mudar. La verdad es que salí y no tenía ni idea de lo que iba a pasar, pero mi miedo era que no pasara nada y volverme a casa con la gorra vacía, que se rieran de mí, que me echaran… todo tipo de fantasías.

 

Lo que pasó fue tan grato y tan interesante, tan inspirador que fue como un enamoramiento lo que tuve con la calle… tipo esas películas cuando la chica no mira al chico y lo desprecia pero, de pronto, lo mira y dice “para, pero está buenísimo” (se ríe).

 

Me acuerdo que ese primer día hice 15 euros, que me volví mirando la gorra y diciendo “pero funciona, existe esto y está todo bien”. Alucinada no sólo con que funcionara sino con lo que generaba y lo distinto de la situación de estar tocando en la calle con respecto a todas mis otras experiencias musicales.

 

-¿Qué es ser músico callejero?

 

Si tuviera que resumir, diría que los artistas callejeros cumplimos un doble rol dentro de una ciudad. Me parece que es un rol importante en cuanto a acercar la música en vivo a cualquier persona que no puede, que no quiere o que no le interesa ir a un concierto en su vida o lo hace de vez en cuando, pero de pronto fue a comprar el pan y tuvo la experiencia de ver a alguien tocando un instrumento y eso es algo alucinante, acercar eso a cualquiera y generar emociones, conectar con lo artístico.

 

Lo musical le llega a todo el mundo, no hace falta estar muy preparado. Hago el paralelo con la naturaleza, con lo verde de las ciudades, si bien está buenísimo y todo el mundo pudiera irse al medio del bosque, a la montaña o a la playa para ver lo imponente de la naturaleza me parece vital que en las ciudades haya una placita, un arbolito en la vereda, y que eso embellece, enriquece, nos da oxígeno, nos da sombra, nos da un montón de cosas que son de agradecer y un poquito de eso somos los músicos callejeros… sigue siendo ese verdor en una esquina, esa sombrita, esa cosa distinta y refrescante de lo vivo que es súper necesario en medio de la ciudad, te cambia las cosas.

 

-¿Cómo es trabajar en la calle siendo mujer?

 

No me he sentido discriminada en ningún sentido, jamás sentí que ser mujer me jugará en contra, puede que sea algo a favor en el sentido de que uno está haciendo algo que es una contravención al orden público y que una mujer siempre es menos amenazante que un hombre.

 

Por otro lado, lo que hago es muy tranquilo, estoy muy en la mía, de última estoy adornando un poquito una calle como algo lindo… de hecho puse un cartel en mi atril que dice “La vida necesita música, la calle necesita música, ayudame a seguir embelleciendo el mundo”, porque para mí un poco es esa mi misión y es un poco lo que recibo cuando estoy en la calle, como algo que aporta, que enriquece, que embellece la situación cotidiana y trato de plantearme así para mí... de tomar esa posición.

 

-¿Qué es lo más lindo que viviste trabajando como música?

 

Generalmente uno tiene como mejor día el que hizo un montón de guita y eso da mucha alegría. Aunque también tengo recuerdos de días de cerrar el estudio del estuche e irme con una sonrisa de oreja a oreja y quizás mi gorra no estaba llena… pero hay días que son mágicos. La calle es impredecible e inexplicable, eso es algo que yo aprendí y creo que todos los músicos tenemos esa sensación de no poder explicar… Hay días en que tu instrumento suena maravillosamente y se adapta al ruido urbano de una forma hermosa y estás inspirado y la gente se inspira, te sonríe, te dice algo, te agradece y todo se va dando. De pronto una mínima conversación con alguien, de pronto un tema que salió increíble, no sé hay días que es un placer, te vas disfrutando totalmente de la tarea. Está buenísimo cuando se juntan las dos cosas, ¿no?

 

-¿Cómo es un mal día?

 

Son un bajón, donde no haces un mango, donde sentís que perdés el tiempo, que nadie te escucha, que la indiferencia es irremontable y uno mismo se empieza a quemar con eso y empezás a pensar “qué estoy haciendo de mi vida acá parada con un saxo en la calle, estoy loca”. Cuando uno mismo está mal todo va para abajo. Tuve situaciones mínimamente violentas -me imagino que acá debe ser mucho peor- con alguien que pedía o unos chiquillos gitanos que pasaron corriendo y me sacaron la gorra. Un día me tiraron una piedra mientras tocaba, por suerte tenía un gorro en la cabeza y no me pasó nada pero la sensación de agresión y sorpresa fue tremenda… eran unos pibitos que estaban jodiendo pero me quedé tres días con miedo de salir por lo inusual. No estoy acostumbrada a estas cosas. Lo peor igual es la indiferencia y el frío porque en España el invierno es muy duro y mi instrumento es de metal, es como agarrar un hielo.

 

-¿Dejarías de tocar en la calle?

 

Lo adopté como mi trabajo, primero porque me encantó porque encontré una fuente de un montón de cosas a parte de trabajo y durante mucho tiempo me puse a escribir porque fue tanta la inspiración, las cosas que me pasaban todos los días que un poco salía en busca de esto.

 

No sé qué pasaría si yo estuviera ganando muy bien, si estuviera en un proyecto que me gustara mucho y tuviera poco tiempo, probablemente dejaría la calle porque implica un montón de situaciones que no son las ideales y que con el tiempo van cansando.

 

Hay días en que uno no está para eso, pero hay que hacerlo igual entonces no sé qué pasaría. Por ahora me manejo con muchas cositas y la calle es una de esas y es importante.

 

-¿Cómo es ser músico callejero en España?

 

En Aranjuez tengo la enorme suerte que no hay problema con el tema de los permisos, nunca me han echado, nunca me han tratado mal… uno de los relatos de mi libro cuenta el encuentro con unos policías por momentos gracioso porque realmente no viví ninguna situación complicada con ellos.

Sí viví con gente que anda pidiendo por la calle porque hay una disputa por el espacio que, por momentos, es desigual. Lo que está pasando en Madrid si es más complicado: hay quienes tienen permisos y puede trabajar tranquilamente, pero conseguirlo no es fácil y después hay un vacío legal que depende un poco de quién te vea, la situación, etc. Hace un par de años la alcaldesa de Madrid de ese momento que era de derecha del gobierno de Rajoy puso todo muy complicado, puso una norma que constaba de una serie de permisos a través de un casting que se dio en condiciones patéticas, la gente que tomaba el examen no era músico, muchos músicos que trabajaban con sus grupos para el ayuntamiento de Madrid fueron rechazados... cosas absurdas de ese tipo. Hace un tiempo vino una alcaldesa de izquierda que derogó esa medida pero quedó todo atrancado, está todo en la nebulosa.

 

Después cada provincia tiene como su historia, en Barcelona hay una agrupación que agrupa músicos callejeros pero no sé de qué modo trabajan. En Valencia me dijeron que mejor que no vaya porque estaba todo mal. En el verano suelo ir a trabajar en Alicante, en Torre Vieja, y ahí hay que pedir un permiso y con unos pasos burocráticos muy largos, te lo dan sin mayores complicaciones. Una de las cosas que hay que hacer es que cuando vas tenés que avisar cuántos días vas a estar trabajando y pagás unas tasas por ocupación de vía pública por la cantidad de días que trabajas. Si vos decís que vas del 15 al 20 y el 21 estás la policía te pide el permiso. Controlan un montón, lo cual es muy gracioso también porque alrededor tuyo que estás tocando hay 15 africanos vendiendo carteras sin permiso, pero los tipos vienen a vos… lo que pasa es que los manteros de repente se van y vos estás ahí con tu instrumento y es más complicado salir corriendo. Pero por algún motivo parece que molestamos más o que somos más peligrosos… pero bueno, teniendo el permiso todo bien. Es muy linda la sensación de estar tocando y no tener esa preocupación, tu espacio es tuyo porque te la asignan y todos los días en tal horario podés estar. El resto de mis días de trabajo son confiando en que va a estar todo bien.

 

-¿Qué esperas de los gobiernos?

 

Creo que básicamente se espera un reconocimiento con el rol que se cumple, para mí es fundamental apuntar la lucha en el sentido de cambiar la cabeza y entender que el arte callejero tiene su sentido y tiene que ser respetado desde ese lugar. Después cómo se legaliza, cómo se acomoda, cómo se decide que está bueno y que no, es muy complicado, no sé cómo se hace para solucionar esos temas pero sí me parece que hay que partir de la premisa “el arte callejero es cultura” y tiene que tener su lugar en la ciudad tal como los espacios verdes. Para mí, es ese el equivalente. No podemos estar hablando si es o no legal tener un árbol en la vereda, tiene que haber una búsqueda en esa dirección.

 

 

-¿Dónde te encontramos?

-En mi Facebook. Cuenta: click aquí 

 

GALERÍA

 

“Éste libro un poco es el resultado de ese proceso, en simultáneo se me fue acomodando un poco la vida y yo ahora reparto mi tiempo entre la calle y otros proyectos, otros trabajos pero por ahora la calle tiene un lugar y un sentido en mi vida. Es algo que siempre está ahí, le doy mucha importancia a lo que está pasando.”

 

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“Acá en Buenos Aires trabajé casi por gusto porque la verdad es que cuando vengo lo hago como muy de visita o para hacer cosas o para tocar en la banda entonces vengo con otra cabeza y con otro ritmo. Sinceramente, Buenos Aires me apabulla bastante… es otro ritmo, otra situación, otra paranoia la calle… Cuando vengo no lo tengo como objetivo, salí un par de veces pero salí un rato y en donde sí estuve trabajando fue en Uruguay donde viajo a menudo y me fue bien. En Montevideo me sacaron amablemente un par de policías y me pidieron que vaya a tocar en otra zona, a unas cuadras donde no pasaba nadie con la excusa de que donde estaba tocando había casas y los vecinos se podían quejar… me fui pero no me puse a tocar donde me dijeron porque no tenía mucho sentido y volví al otro día donde había tocado y así.”

 

 

ÀLBUM COMPLETO

 

 

 

ENLACES DE INTERÉS

 

Libro: Instantáneas Callejeras

 

 

 

 

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